En literatura infantil todo parece más o menos como siempre, pero en realidad, si nos fijamos bien, parece que algo se mueve. Me lleva a esta conclusión una serie de detalles significativos, que vistos en conjunto apuntan nuevos matices de la realidad, y que una vez analizados, y según mi opinión, sentarán bien al panorama.

Ha llegado la pasión por el álbum ilustrado.

Los editores españoles siempre hemos mirado con deleite y con envidia el enorme subsector que suponía para nuestros vecinos, sobre todo los franceses, los álbumes ilustrados. Pues bien, desde hace algún tiempo, este tipo de libros se está implementando con fuerza en España.

Yo creo que lo que en realidad se ha implementado, más que el álbum ilustrado, es la ilustración en general. Observo cómo la publicidad, la comunicación, la empresa, los servicios, los gobiernos… todos acuden a la ilustración para expresarse. Siempre ha sido así, o casi, pero a mí me parece que ahora más que nunca. No hay más que entrar en Google, y uno encuentra una ilustración, a veces animada, sobre el aniversario o celebración que toca. El otro día descubrí una empresa en Barcelona que se dedica a ilustrar cualquier cosa que se relacione con el mundo empresarial, en concreto con el sector bancario: dicen que las ideas que se ilustran permanecen más tiempo en la mente y motivan más que las ideas que se escriben o que se explican.

Como siempre, los editores grandes y no tan grandes optan principalmente por comprar derechos. Es una opción interesante, porque resulta menos arriesgado comprar un libro que ha triunfado en otro país, que apostar por crear un libro, el editor como co-creador, como explica José Luis Cortes en su artículo “Los siete pecados capitales de la literatura infantil española”:

Hay diversos niveles de labor editorial. La compra de derechos requiere unas habilidades, criterios, responsabilidades y un nivel de implicación muy distinto al trabajo de lectura, diálogo,

negociación y toma de decisiones que asume aquel editor que, junto al escritor y al ilustrador, es co-creador de un libro.

Ni que decir tiene que Mosquito Books Barcelona es co-creador de cada libro que edita; y muy a menudo, es el impulsor de la idea editorial que después se transformará en libro por obra y gracia de un texto y una ilustración. No es nada infrecuente, en nuestra casa, que primero nazca la idea, y que en base a la idea nos pongamos a buscar al autor y al ilustrador que “mejor van” a esa idea.

Observo que los últimos años han vuelto a aflorar muchas editoriales pequeñas. Es un fenómeno que ya habíamos observado hace 15 o 20 años, pero que se había saldado con su práctica desaparición o con la absorción de algunas de ellas por parte de las grandes. Ahora, pues, vuelven a florecer, y si uno se para a estudiarlas, hay que subrayar dos cosas, dos polos opuestos: por una parte, exhiben un buen gusto muy remarcable; por otra, demuestran una falta de sentido comercial que les puede agujerear la línea de flotación.

Cuando uno empieza a rascar sobre la superficie, a la búsqueda y captura de ilustradores, se lleva varias sorpresas inesperadas. Primera sorpresa: hay en España una cantidad de ilustradores que es claramente excesiva. Segunda sorpresa: algunos ilustradores de calidad son muy, muy, muy buenos… y aquí nadie lo sabe. He visto ilustradores completamente desconocidos que son presentados como estrellas en foros de ilustración internaciones; he visto ilustradores españoles que son contratados habitualmente por los periódicos más importantes del mundo, como el New York Times o el Boston Globe, para ilustrar sus artículos, o artistas que realizan centenares de cubiertas de libros para editoriales italianas. Tercera sorpresa: los ilustradores buenos, buenos, buenos, suelen ser muy jóvenes y muy inteligentes: quiero decir que plantean composiciones, paletas de colores, mensajes, expresiones, que van mucho más allá de eso de “algo que sea bonito y que acompañe este texto”, frase con la que se les encargaban los trabajos no hace mucho.

¿Qué es lo que no ha cambiado? Supongo que muchas cosas, pero a mí las dos cosas que más me molesta que no cambien son:

  • Seguimos siendo un país comprador de derechos, y no nos atrevemos o no sabemos salir a vender nuestros libros. Yo no sé qué pasa con esto. No tengo ningún empacho en decir que somos uno de los países más creativos del mundo… y no sabemos vender fuera nuestro talento. Lamentaría que se me enfadara algún colega british, pero los ingleses no son ni la mitad de creativos que nosotros, y en cambio se hinchan a vender derechos de sus libros en todo el mundo. Y nuestras mayores editoriales, en cambio, no venden un clavo. ¿Será por complejo de inferioridad? ¿O porque no sabemos idiomas? ¿O porque nos da pereza salir a vender? No sé. Rentable lo es, y mucho.
  • El espíritu tan poco editorial y tan marcadamente empresarial de algunas editoriales grandes, que pretenden copar todos los nichos de mercado, llenar todos los lineales de todos los puntos de venta y ocupar los escaparates de todas las librerías. Menos mal que son lentos de reflejos, y los editores pequeños podemos movernos entre sus piernas sin demasiado temor a ser pisados.

Decir también que ese auge del álbum ilustrado ha venido de la mano de unos pocos libreros que se están gastando heroicamente todas las neuronas que tienen (y son muchas) en innovar, en plantear nuevos sistemas de venta, nuevos eventos, nuevos espacios… Y cuando digo libreros, me refiero cómo no a los libreros independientes de este país (algún día escribiré anécdotas e historias de libreros que luchan por hacer florecer su negocio), y a algunos libreros de grandes cadenas que, hay que reconocerlo, se toman su trabajo muy en serio, y hacen aflorar destellos de luminosidad y talento en sus puntos de venta.

Un detalle de enorme importancia, y muy significativo, detectado precisamente por los libreros: un porcentaje creciente de álbumes son comprados por personas que no tienen hijos, es decir, por

personas (sobre todo mujeres, no me resisto a decirlo) que disfrutan de la belleza de los contenidos y de la calidad de los continentes. Más de un librero me ha comentado que cuando salen ciertos títulos, muchos lectores sin hijos reservan su ejemplar y lo guardan cuidadosamente en casa. Muy revelador.

Quiero acabar esta especie de reflexión desordenada apelando a otro colectivo muy culpable del florecimiento que estoy comentando: el colectivo de los blogueros. Es asombrosa la cantidad de blogs sobre literatura infantil y más concretamente álbums ilustrados que existen en España y en español, pero lo que a mí te tiene completamente adicto a ellos es la calidad y el buen gusto que transmiten. Como no quiero desmerecer a nadie, citaré sólo el nombre de un blog: El Asombrario. Entren y vean… y fíense de lo que encontrarán.

Lluís Cassany, septiembre 2016